Domingo a mi abuela RosaI
Están ahí las fotos todavía, en la repisa del living.
Al ludomatic se le quebró el plástico que apretabas, quedaron las fichas desparramadas en los trastos del domingo. Ahora hay otros juegos, nuevas voces. Los carbones sin embargo arden y nadie quiesiera apagarlos.
En esas calles que abríam los desiertos nos encontrábamos a inventar puentes, como esos que ves en la ruta, más allá de Ibarlucea, donde hay chicos con cañas de pescar, donde pareciera que nunca pasa nada.
Te pintabas la cara con un corcho caliente y en tu disfraz jugabas a perderte en un hombrecito que después no querías.
III
En el fondo de un frasco me mirabas jugar. Como las chinches debajo delventilador nos mareábamos hasta acercar las huellas a los principios del tobogán.
Era como raspar un tronco cansado. De la cocina se escapa el murmullo de los vegetales, disipan las dudas los aromas. Los niños se esconden en los desfraces de la orgía del domingo, los niños trillan las llantas ácidas de un tren descarrilado. Salen a recoger en bolsitas translúcidas lo que quedó del verano, uvas podridas debajo de la parra.
En el fondo del patio se echaban los gatos a refrescarse, la música llegaba desde los techos de chapa y los ojos reflejaban la silueta de un televisor apagado.
De este lado de la medianera caen como gotas de color unas mandarinas ácidas que podemos agarrar trepados a otro. En la cabeza no hay más que una delicada escalera mecánica hacia un campo minado.
IV
A la mesa, desterrados.
Los tablones se sacuden, son durmientes. Las arterias se descisten en los manteles manchados, en la retina de unas callles empañadas. Es apenas un testigo la transparencia de los vasos, que encapsula los ojos de un niño. Más allá algunos chillan por dentro, una correa gastada. Y algunos sólo esperaban succionar el vago desierto de la siesta, que la musiquita del heladero te congelara.
En la carne, cuando habían dejado de dispararnos, sentíamos una quietud gustosa. Ya podemos descansar al sol como los perros de invierno.
V
Armamos bolitas de pan, para armar guerras de lugar a lugar, de frontera a frontera. Ella ahora está del otro lado del mar y nos arrojamos cartas con regalitos que siempre vamos a mandar. Me dijo la Tata que viena para fin de año, dijo de lejos como si la rugosidad de las palabras se filtrara por un teléfonocon piolín y unos vasitos de yogur en los pintos más distantes. Con las manos con lágrimas dijo, porque si supieras lo que te extraña y hacíamos muchas bolitas para acurrucarnos ahí. Después nos zambullíamos debajo de la mesa y los pies eran el paisaje. Cruzábamos los caballetes como si fueran vallas y el tablón era un techo infinito. Con los años algunas maderas se nos vinieron encima, se derrumbaron como la espalda de la tía. aún seguimos lanzando bolitas de pan, de un lado a otro y que se hacía más ancho y que cruzarlo nos dolía.
El pan me dicta al oído las palabras que dejé escondidas en el secreto de un charco, que se transformó en un océando vasto.
VIII
Son pintura los ñoquis sobre la mesa, ahí dispersos. Las ollas, el vientre mudo desatado. Hervor de bailarina, chica de enfrente. Las servillestas no exactas, escindidas. Ladran en la cuadra los perros de siempre. Tardía raya de tiza en una vereda lavada por la lluvia. Los piecitos pisando los restos. En un rato comemos.
Hay una fotografia en un segundo del cuerpo, unas arrugas como árboles, una mirada de pasto.
Tejías alborotada, cósmica, un camino de especias. Así abrías, en los orificios del domingo, caparazones intactos.
Pulpa edición sept 2006 por Federico Tinivella, mi primo.