Cuando llegué me estaba esperando con la mesa puesta, dos individuales, dos servilletas, dos platos, cubiertos, dos vasos, una panera con pan y una gaseosa. Me pidió que me sentara y me sirvió unos riquisimos ravioles con salsa mixta. Hablamos, un poco de mi, un poco de él, de la vida en general. No me dejo levantarme cuando terminamos de comer. Él junto la mesa.
Fuimos al sillón a ver la novela y comer chocolate oreo. Nos reímos, me abrazó y me decía las mayores declaraciones de amor.
Nos fuimos a dormir y mientras me hacía la dormida, sentía los besos que me daba en la frente y su mano acariciandomé la cara. A la madrugada me moría de calor y me destapé y ahí lo vi, me tapaba hasta cubrirme los hombros y me llevaba hasta su pecho.
Me despertó un beso mitad en la nariz, mitad en los ojos. Le dije que todavía faltaba para que sonara el despertador, y lo abracé tratando de que siguiera durmiendo. Me dijo que ya eran las 8, que tenía que desayunar y me puso una bandeja en frente. Me había traído el desayuno a la cama y no paraba de decirme lo linda que me veía al despertar. Tomamos un te con leche y tostadas con mermelada de frutilla, mientras cambiabamos de posiciones y nos reíamos, del sol, los cepillos de dientes, y las chancletas. Me cambié y me llevó a que arrancara mi día de una manera totalmente distinta a todas las de más.
Nunca nadie me había tratado así, no lo esperaba :).