domingo, 28 de junio de 2009


Querido Garret:
Ha pasado un año desde que estuve con tu padre en la cocina de tu casa. Es tarde, y aunque las palabras no acuden a mi mente fácilmente, no puedo evitar la sensación de que ha llegado el momento de que finalmente conteste tu pregunta.
Claro que te perdono. Te perdono ahora, y te perdoné en el momento en que leí tu carta. En el fondo no tenía alternativa. Dejarte una vez ya fue bastante duro; hacerlo otra vez habría sido imposible. Te quería demasiado para haberte perdido otra vez. Aunque todavía me lamento cuando pienso en lo que pudo haber sido, me alegro de que aparecieras en mi vida aunque fuera por un breve período. Al principio había supuesto que algo nos había unido para ayudarte a superar tu dolor. Sin embargo, ahora, un año más tarde, he acabado creyendo que fue al revés. Irónicamente, yo estoy en la misma situación que estabas tú cuando nos conocimos. Mientras te escribo, lucho contra el fantasma de alguien a quien amé y perdí. Ahora comprendo mejor las dificultades por las que tú estabas pasando, y me doy cuenta de lo doloroso que debió ser para ti seguir adelante. A veces mi dolor es abrumador, y aunque entiendo que nunca volveremos a vernos, una parte de mí quiere aferrarse a ti para siempre. Me resultaría fácil hacerlo, porque amar a otra persona podría borrar mis recuerdos de ti. Pero esta es la paradoja: aunque te echo mucho de menos, gracias a ti no temo el futuro. Porque tú lograste enamorarte de mí, y eso me ha infundido esperanza. Tú me enseñaste que se puede seguir viviendo, por muy grande que sea tu dolor. Y a tu manera, me has hecho creer que el verdadero amor no se puede rechazar.
Creo que todavía no estoy preparada, pero es la decisión que he tomado. No te sientas culpable. Gracias a ti, tengo esperanzas por algo hermoso. Gracias a ti tengo fuerzas para seguir viviendo.
No sé si los muertos pueden regresar a este mundo y moverse sin ser vistos por aquellos que los amaron, pero si pueden, sé que ti siempre estarás conmigo. Cuando escuche el mar, serán tus susurros; cuando una fresca brisa me acaricie la mejilla, será tu espíritu rozándome. No te has ido para siempre, aunque aparezca otra persona en mi vida. Ahora estás con Dios, junto a mi alma, ayudándome a orientarme hacia un futuro que no puedo prever.
Esto no es una despedida, amor mío, sino un agradecimiento. Gracias por aparecer en mi vida y llenarla de alegría, gracias por amarme y por aceptar mi amor. Gracias por los recuerdos que siempre conservaré. Pero sobre todo, gracias por enseñarme que llegará un día en que finalmente te olvidaré.
Te quiero,
Theresa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario